Esta mañana lluviosa me agarra nostálgico. Me pregunto si es fruto de un condicionamiento poético de siglos o un profundo reflejo natural. Quisiera tener al perro acá para poder ver qué hace.
En fin, nostalgia. Paro y trato de descomponer esa sensación en elementos menos complejos, más individualizados. Me causa gracia imaginarme como un ridículo catador de nostalgias.
"Hmmmm... (pausa dramática, acariciando mi barba) hay una pizca de fiaca. Un fuerte sabor a saudade, con ligeros matices de ansiedad por las cosas que han de venir."
Si, me causa gracia de forma vergonzosa.
Me siento inflado, lleno de cosas para decir, pero la vagancia es un obstáculo. En verdad es un día para dormir hasta tarde, pero las obligaciones - que no voy a cumplir de todas formas - me sacudieron el colchón demasiado temprano.
Inflado, a punto de explotar, con urgentes ganas de vomitar algo por la boca, por los dedos, por donde sea.
Pero nada es suficiente. Abro twitter, facebook, blogger, empiezo un sms, abro la moleskine y sin embargo sigo perdido.
Se me ocurre algo ridículo, o genial, ya no sé.
¿Qué pasa si mando una palabra por cada medio y vos las armás como un rompecabezas que cambia todos los días de acuerdo a tu humor?
Lejos de parecerme imposible, resulta insuficiente para mis necesidades urgentes. Urgentes como la sed en días de verano, como tener que ir al baño apenas te despertás. Y si, grotesco pero infaliblemente acertado.
¿Una analogía vale más por poética o por acertada?
No importa ahora.
¿Qué pensarán otras personas esta mañana? ¿Qué pensarán otros si leen este texto que no dice nada?
Lo que pasa es que quiero escribir un ladrillo de palabras, pesado y compacto. O mandar un twit emotivo hasta las lágrimas. No me desagradaría un cuento autobiográfico y revelador. Pienso que a lo mejor, si yo fuera un poeta escribiría treinta sonetos en una mañana como esta.
Yo, por lo visto, me conformaré con escribir esta bola de preguntas e intenciones, esta declaración triste y solitaria de necesidades inconclusas; un monumento a la no materialidad casual de esta mañana de nostalgias lluviosas.
Dicho eso, empiezo a pensar en el mundo de afuera. En bañarme y salir para ir a trabajar. Las cosas de la vida, ¿vio?
De todas formas, llueva o no, cuando vuelva a la noche seguiré con mis sueños de ser escritor.
Llueven cuatros de copa
Un blog bicéfalo.
miércoles, 11 de enero de 2012
domingo, 18 de diciembre de 2011
Confesiones de un hombre que cree sufrir
Imaginate en una tarde caliente. Estás
ansioso. A cuarenta cuadras te esperan un abrazo lleno de amor y una tarde de
siesta / lectura / tereré. Hace tanto calor y es tanta la ansiedad que, incluso
sabiendo que las vacas andan magras, te tomás un remis en la esquina. Te sentís
el dueño del mundo, porque en diez minutos estás ahí.
El señor del remis empieza con lo típico, lo obligatorio: el calor.
Y vos, que estás contento, que estás ilusionado por las horas que vienen te
prendés a la charla.
"¿Hay mucha gente en la calle hoy, no?"
El remisero suspira y empieza a contar su historia.
El hombre sufre.
"Hay que aprovechar esta hora, que es cuando los
controles no andan en la calle."
A sus amigos les quitaron el auto por actuar como taxis. Nada nuevo, así es
la cosa hace rato.
Pero este hombre sufre.
"Yo ya estoy cansado de esto, voy a largar a la
mierda. Ya tengo sesenta años, no puedo seguir sufriendo así."
Y yo pienso que a él le debe haber pasado algo similar. Que está enojado
porque lo multaron por querer llevar el poco pan que puede a su casa, a sus
nietos hambrientos. Que por eso no pudo trabajar y está endeudado hasta la
médula.
Saltamos, sin mucha explicación, al segundo tema obligatorio: los
políticos.
"La culpa es de todos estos hijos de puta que
gobiernan. Esa hija de puta y todos los demás, desde siempre. No se puede vivir
así."
Un clásico. Pero cuando se le está por escapar un "hay que matarlos a
todos" o similar, se ve que me mira, calcula mi edad y se da cuenta de
que, por lo menos, debe aclarar algo.
"No pienses que soy de esos que están a favor de los
militares. No, para nada. Es por esos hijos de puta que tenemos a los hijos de
puta de ahora."
Silencio, lo piensa bien y corrige.
"No, por culpa de los militares hijos de puta
tenemos a los hijos de puto de ahora. Porque los otros, al menos, eran hijos de
una mujer. Estos son hijos de putos."
Yo, que no hablo hace rato, estoy muy incómodo y me aguanto las ganas de
discutir. El que tiene las manos en el volante es él, y encima estoy lejos
todavía.
El hombre sufre, pero también está enojado.
"Yo ya no aguanto más. Realmente pienso dejar todo
esto. No aguanto más. Le juro que no aguanto más esta situación."
Y me cuenta que le han salido verrugas en la piel por los nervios, por el
stress, por el sufrimiento. El horror.
Me cuenta que tiene miedo de hacer algo terrible. Que tiene que dejar de
trabajar como remisero porque si sigue va a hacer algo de lo que se va a
"arrepentir para siempre".
"Le juro, yo entro ahí y... No quiero ni pensarlo.
Tengo miedo de hacer algo terrible."
Y yo, que soy curioso, le pregunto con ironía (que pasa desapercibida): "¿algo como qué?"
Un científico loco, probablemente nazi, o hijo de nazis,
o algo así decide reunir a todos los ladrones y a todos los
políticos en una sala gigante. Además de toda esa gente, que seguro está
desconcertada y preguntándose qué hace ahí, hay una bomba nuclear.
El científico construyó un control remoto con un botón -
que yo imagino rojo, siempre rojo, y con un dibujito de una mano haciendo fuck
you - para disparar la bomba. Necesita alguien muy triste, muy enojado, muy
indignado para que se haga cargo del tema. Alguien que complete el mecanismo de
destrucción.
"Yo aprieto el botón. Yo sé que suena mal, pero si
lo hiciera hoy, le juro que no sentiría remordimiento."
El hombre que sufre y está enojado ahora también sabe que puede estar
diciendo cosas horribles.
"Usted por ahí se asusta, pero yo soy una buena
persona. No sentiría remordimiento porque estaría salvando muchas vidas matando
a todos esos hijos de puta."
Esta vez si nota la ironía en mi silencio. Ahora debe pensar que habló de más, y encima yo soy un desconocido. El hombre siente vergüenza; tiene
que justificarse. Rebobina...
"No sabe lo mal que me siento. Yo voy a dejar de trabajar en eso
porque no aguanto más. No nos dejan trabajar, nos sacan el auto."
Y cada vez más pensativo, me cuenta (aunque me gusta decir que fue una confesión):
"Yo por suerte tengo a mis dos hijos recibidos y soy dueño de mi casa.
Nunca tuve que pedirles ayuda ni plata y ya voy a ver qué hago."
Quedan unas cuantas cuadras pero yo ya no escucho.
Quiero pensar en el abrazo que me espera, con dos brazos que pasan por
atrás de mi nuca rozando mi pelo; pero no. Sólo puedo pensar en la gente que no
tiene trabajo, que no tiene para comer ni para alimentar a sus hijos. Esa gente
que no tiene auto, no tiene ropa y come de la basura. Me dan ganas de decirle
eso, de humillarlo y hacerle entender que su sufrimiento es una boludez tan
grande como la bomba atómica de su imaginación, pero no tengo ganas.
Lamentablemente, es más lindo mirar por la ventana y esperar que se termine
el viaje lo antes posible.
domingo, 4 de diciembre de 2011
Mil primeridades
Juego a volar por los recuerdos desde las sábanas azules de mi cama; desde el refugio bien conocido de mi pieza. Es una experiencia sumamente sensorial: los ojos cerrados, el olfato atento a ese perfume que no es sólo mío, la tela suave y tibia que acaricia mi piel cuando respiro.
No es un ejercicio aleatorio sino una búsqueda. Me estiro y recorro una distancia que se mide en tiempo.
Una vez ahí, todo se detiene un segundo.
En un bar, entre dos tazas de café, soy un fantasma que acaricia todo con la mirada; pero en el instante en que intento fijar cada detalle, o la minuciosa cronología de respiraciones que lleva de un momento a otro, el tiempo se acelera y la materia se desfigura.
Mastico las calles de la ciudad, paso tras paso.
Me entierro en avalanchas de confites de colores.
Me baño en jugo de sandía.
Ilumino los rincones más dormidos y reprimidos del que fui.
Simulo regar un algarrobo perdido en un rincón de la ciudad.
Vibro ante la explosión de deseos contenidos.
Me hundo, reboto, sonrío, aprendo y otros tantos verbos que van encadenando mi regreso inevitable.
Llegado de nuevo a las sábanas azules y a la oscuridad de la habitación, resulta obvio que fallé en el objetivo inicial. No son éstas rememoraciones de hechos pasados, sino una epifanía, o mejor una revelación - más sensual que espiritual - de estas mil primeridades.
O quizá sean mil mensajes escritos desde un colchón, bajo la luz de velas blancas y negras.
No es un ejercicio aleatorio sino una búsqueda. Me estiro y recorro una distancia que se mide en tiempo.
Una vez ahí, todo se detiene un segundo.
En un bar, entre dos tazas de café, soy un fantasma que acaricia todo con la mirada; pero en el instante en que intento fijar cada detalle, o la minuciosa cronología de respiraciones que lleva de un momento a otro, el tiempo se acelera y la materia se desfigura.
Mastico las calles de la ciudad, paso tras paso.
Me entierro en avalanchas de confites de colores.
Me baño en jugo de sandía.
Ilumino los rincones más dormidos y reprimidos del que fui.
Simulo regar un algarrobo perdido en un rincón de la ciudad.
Vibro ante la explosión de deseos contenidos.
Me hundo, reboto, sonrío, aprendo y otros tantos verbos que van encadenando mi regreso inevitable.
Llegado de nuevo a las sábanas azules y a la oscuridad de la habitación, resulta obvio que fallé en el objetivo inicial. No son éstas rememoraciones de hechos pasados, sino una epifanía, o mejor una revelación - más sensual que espiritual - de estas mil primeridades.
O quizá sean mil mensajes escritos desde un colchón, bajo la luz de velas blancas y negras.
sábado, 26 de noviembre de 2011
Reviviendo viejos cuentos I
Una maldición
inapropiadamente anacrónica me atacó.
Me esperaba en un callejón oscuro y con sus brazos negros y babosos me cagó a trompadas. Se llevó mi billetera, diciendo que era por una buena causa, como entrar a un boliche o comprar vino.
Meses después me llegó una encomienda: En la caja encontré un regalo. Resultó que la maldición era buena gente, pero no podía evitar su destino. Había sido creada para buscar gente como yo, para amarnos con broncas irresueltas y ganas de venganza.
Me esperaba en un callejón oscuro y con sus brazos negros y babosos me cagó a trompadas. Se llevó mi billetera, diciendo que era por una buena causa, como entrar a un boliche o comprar vino.
Meses después me llegó una encomienda: En la caja encontré un regalo. Resultó que la maldición era buena gente, pero no podía evitar su destino. Había sido creada para buscar gente como yo, para amarnos con broncas irresueltas y ganas de venganza.
Le respondí con una carta, agradecido por su comprensión. Le dije que en realidad yo seguramente ya había penado, y que a lo mejor ella podía tomarse vacaciones, o perseguir a otro. Que talvez su creador entendería que yo, como todos, también cargo con mi cruz, mis remordimientos y verdadero sincero arrepentimiento.
Unos días después, en el mismo callejón, volvió a golpearme, aunque vi que había lágrimas en sus ojos. Creo que no quería hacerlo realmente.
Así llevamos varios meses y la verdad es que es divertido. A veces trato de escapar corriendo por los techos, para hacerle renegar. Otras, cuando termina, me ayuda a levantarme dolorido y tomamos unas cervezas. Me cuenta que quiere viajar, aunque no sabe exactamente dónde. Yo le cuento que quiero ser un escritor. Después volvemos medio borrachos cantando canciones lamentables de los 90.
Nunca le pregunté por su creador, porque me daba miedo la respuesta. Ella tampoco me preguntó por el mío, y fue mejor, porque no sé quien será. Lo importante era que fuéramos amigos, porque sino yo no sería yo, y ella sería un montón de inseguridades o alguna otra paparruchada.
lunes, 21 de noviembre de 2011
Como correr por un pasillo, a oscuras
- Pasa que yo imagino la poesía como métrica o rima y cuando quiero hacer eso,
me sale horrible. Cuando quiero hacer algo que rompa con lo estructurado siento
que no es poesía, ni siquiera puedo saber si vale la pena o no; porque sino
todo sería poesía. ¿No?
Yo quiero escribir poesía
que caiga de mis dedos
o de mis ojos.
Yo quiero escribir poesía
pero no puedo.
Es como correr por un pasillo,
pero a oscuras,
siempre con miedo,
con los brazos levantados
o listos
porque en cualquier momento me caigo.
Ella corre más adelante
y escapa furiosa
porque sabe, perfectamente,
que yo la ignoré tantos años.
Ahora se sabe deseada,
codiciada, incluso amada,
pero no va a dejarse.
La poesía es de los que sienten,
de algunos valientes,
¿los demás escriben cuentos y novelas?
Pero claro, no todos los que sienten son valientes, ni todos los valientes sienten. Y peor...algunos no son nada.
Yo quiero escribir poesía
que caiga de mis dedos
o de mis ojos.
Yo quiero escribir poesía
pero no puedo.
Es como correr por un pasillo,
pero a oscuras,
siempre con miedo,
con los brazos levantados
o listos
porque en cualquier momento me caigo.
Ella corre más adelante
y escapa furiosa
porque sabe, perfectamente,
que yo la ignoré tantos años.
Ahora se sabe deseada,
codiciada, incluso amada,
pero no va a dejarse.
La poesía es de los que sienten,
de algunos valientes,
¿los demás escriben cuentos y novelas?
Pero claro, no todos los que sienten son valientes, ni todos los valientes sienten. Y peor...algunos no son nada.
lunes, 14 de noviembre de 2011
Rápido y furioso (o más bien corto y misterioso)
Quiero hundirme para siempre en este algarrobal de un solo árbol.
sábado, 29 de octubre de 2011
Esto no es sobre la vida y la felicidad
Una vez dije que la felicidad verdadera duraba lo mismo que una estrellita
de esas de navidad. La gente lo tomó bien, les pareció interesante, una buena
idea, o a lo mejor dijeron "ahí va con lo cursi otra vez". La idea
extendida aclaraba que los momentos verdaderamente felices duran poco, pero son
de máxima intensidad, y buscaba, supongo yo ahora, justificar por qué es más
fácil sentirse miserable y triste la mayoría del tiempo.
Eran otras épocas, yo era un pendejo hundido completamente en las garras de la adolescencia y, como bien dijo mi profesora de historia en la secundaria, veía las cosas desde la unicausalidad. El blanco o el negro, elegir uno y darle para adelante. En ese momento la felicidad era también la inocencia, el no crecer.
Fue por eso que esa idea de las estrellitas (y conste que odio este diminutivo, pero desconozco otro nombre más técnico) me llevó a recorrer todo el pueblo durante un verano, para suplir al grupo entero y hacer que corriéramos y saltáramos en la oscuridad, en la calle de tierra, en la noche fría, durante esos segundos de fuegos artificiales portátiles, intentando que volvieran las virginidades emocionales que el crecer nos había quitado.
Gracioso me resultó siempre que nadie supiera el origen de esa idea que, en general, resultaba alegre y luminosa. Nadie supo, hasta ahora, que en realidad era una reconstrucción de la idea del hombre rebelde de Albert Camus. Nadie pudo sospechar que lo pensé después de leer sobre el hombre y su desilusión, sobre el enfrentamiento con la idea del suicidio y cómo la única forma de vivir, según el análisis, era soportar lo absurdo de estar vivos juntando esos momentos ínfimos de felicidad verdadera, como un coleccionista de recuerdos.
Hoy lo pienso y me causa gracia. No puedo dejar de recordar la segunda película de La historia sin fin, con los recuerdos encapsulados en burbujas de cristal, en constante riesgo de desaparición.
Me causa gracia creer poder comprender el prisma de colores entre el negro y el blanco, y el prisma de variables incalculables que involucran cada una de nuestras decisiones diarias.
Pero lo que más gracia me causa es sentarme acá a tipear pensamientos del pasado y del presente, y que de repente vuelva esa idea recurrente:
"Lo peor de poder viajar en el tiempo tiene que ser, claramente, tener que ver lo boludo que fui en cada momento de la vida"
Eran otras épocas, yo era un pendejo hundido completamente en las garras de la adolescencia y, como bien dijo mi profesora de historia en la secundaria, veía las cosas desde la unicausalidad. El blanco o el negro, elegir uno y darle para adelante. En ese momento la felicidad era también la inocencia, el no crecer.
Fue por eso que esa idea de las estrellitas (y conste que odio este diminutivo, pero desconozco otro nombre más técnico) me llevó a recorrer todo el pueblo durante un verano, para suplir al grupo entero y hacer que corriéramos y saltáramos en la oscuridad, en la calle de tierra, en la noche fría, durante esos segundos de fuegos artificiales portátiles, intentando que volvieran las virginidades emocionales que el crecer nos había quitado.
Gracioso me resultó siempre que nadie supiera el origen de esa idea que, en general, resultaba alegre y luminosa. Nadie supo, hasta ahora, que en realidad era una reconstrucción de la idea del hombre rebelde de Albert Camus. Nadie pudo sospechar que lo pensé después de leer sobre el hombre y su desilusión, sobre el enfrentamiento con la idea del suicidio y cómo la única forma de vivir, según el análisis, era soportar lo absurdo de estar vivos juntando esos momentos ínfimos de felicidad verdadera, como un coleccionista de recuerdos.
Hoy lo pienso y me causa gracia. No puedo dejar de recordar la segunda película de La historia sin fin, con los recuerdos encapsulados en burbujas de cristal, en constante riesgo de desaparición.
Me causa gracia creer poder comprender el prisma de colores entre el negro y el blanco, y el prisma de variables incalculables que involucran cada una de nuestras decisiones diarias.
Pero lo que más gracia me causa es sentarme acá a tipear pensamientos del pasado y del presente, y que de repente vuelva esa idea recurrente:
"Lo peor de poder viajar en el tiempo tiene que ser, claramente, tener que ver lo boludo que fui en cada momento de la vida"
Y ese, aunque no parezca, es un final feliz :P
viernes, 21 de octubre de 2011
Una ficción posiblemente real
Ayer fui a la presentación de un libro.
Hubo una banda y un par de canciones agradables. Sonaba el punteo de dedos en un violín y "cagón, cagón, cagón...". Lo esperaba, es cierto; lo disfruté también.
Después hubo un video, y supe que en esta ciudad pasan y pasaron muchas cosas, y yo no las conozco. Cosas grandes, antiguas y nuevas, que se pierden en algún lugar entre mi ostracismo estúpido y esa especie de pared gigante de silencio e invisibilidad que hace que Córdoba sea estática, a pesar de los mejores esfuerzos.
Finalmente, hubo un presentador, un escritor y un presentado (el libro). Estaban los tres en el mismo lugar, es cierto, pero cada uno en una dimensión diferente.
El libro estaba en la mesa, tranquilo. Lo imagino regodeándose en el mero hecho de existir. Una sensación que seguramente lo llena, que une su nacimiento y su existencia pseudo eterna en una alegría redonda, pero también insoportablemente tediosa. No, no quiero ser un libro jamás; las personas (¿y las cosas?) nos interesan también por sus miserias.
El escritor también estaba tranquilo. Él sabía lo que esperaba y cómo lo iba a tener. Supongo que no le importaba mucho nada, porque al final de cuentas ya tenía lo que quería: un libro y un lector. Imagino que quería jugar un rato, ponerse a prueba, esquivar las momificaciones propias de ese tipo de evento. Probablemente pensaba en el chiste que iba a contar, imaginando que podía ser muy gracioso o estúpido, pero siempre tranquilo, porque esa gente ya estaba ahí por él. Todo lo demás era esperar, ignorar o respetar lo que dijera el otro...
El presentador no estaba tranquilo. Trato de ponerme en su piel: tanta presión, tanta incomodidad. Tenía que pensar la forma de ser centro sin robarle el trueno al escritor. Tenía que pensar la forma de ser interesante sin ser aburrido. Tenía que encontrar la forma de elogiar sin ser un arrastrado.
Empezó a dar los primeros pasos por la cuerda floja y lo vi bien. Parecía confiado, dueño de una complicidad inviolable con el autor del libro.
Primer paso: Miradas, chistes, risas.
Segundo paso: De un bolsillo, mochila, o carpeta, sacó un manojo de hojas que pudo ser tanto un ensayo como un examen de la facu.
Tercer al N+1 pasos cuya cuenta me resulta imposible: El presentador empezó y terminó de perderse en sus palabras; una seguidilla de frases que, frente a un público que iba a ser silencioso para siempre (salvo los ocasionales aplausos) y bajo las luces irreales de la sala, parecían ir perdiendo el sentido brillante que alguna vez pudieron tener. Le empezó a temblar la voz, no pensó que a lo mejor no era esto lo que esperaban los presentes, lo que el escritor quería escuchar, y mucho menos lo que él realmente quería decir.
Se apagaron las luces, seguramente, en su mundo. Se hundió en su propio estómago. La lectura seguía, era un ejercicio mecánico ya, mientras su mente viajaba.
En este momento paro. Admito que casi cedo ante la tentación de relatar esos viajes, esa introspección implacable; pero sospecho que iba a terminar siendo un plagio a Ratatouille, o un montón de fruslerías insoportables.
Último paso, llegando al otro lado: Terminó la temblorosa y extensa lectura. El público (o simplemente yo) pensó que seguramente el libro no se trata de nada de eso. Hubo palabras conocidas, demasiado conocidas: institución, crítico, cronista, problemática, etc.
Yo miré al libro (seguía tranquilo, como lo estará siempre), miré al escritor (se aburría, o pensaba en un perro, o en tomar cerveza que la noche estaba linda), volví a mirar al presentador (que agotado por ese tiempo infinito del que acababa de escapar, se recostó en el sillón, ausente y desilusionado) y saqué muchas conclusiones. De ellas, dejo dos acá, total nadie lo va a leer:
2. Una vez más, y viendo las opciones disponibles (?), quiero ser un escritor.
1. Al final de todo, cuando las luces de verdad se apagaron y nos fuimos de la sala, las palabras, la literatura, la música, el ambiente académico y todas esas paparruchadas se evaporaron en el aire; y lo único que quedó fueron las cosas reales: el libro, la noche hermosa y ese par de manos suaves y tangibles que me hacían recordar qué es lo verdaderamente importante en la vida.
Hubo una banda y un par de canciones agradables. Sonaba el punteo de dedos en un violín y "cagón, cagón, cagón...". Lo esperaba, es cierto; lo disfruté también.
Después hubo un video, y supe que en esta ciudad pasan y pasaron muchas cosas, y yo no las conozco. Cosas grandes, antiguas y nuevas, que se pierden en algún lugar entre mi ostracismo estúpido y esa especie de pared gigante de silencio e invisibilidad que hace que Córdoba sea estática, a pesar de los mejores esfuerzos.
Finalmente, hubo un presentador, un escritor y un presentado (el libro). Estaban los tres en el mismo lugar, es cierto, pero cada uno en una dimensión diferente.
El libro estaba en la mesa, tranquilo. Lo imagino regodeándose en el mero hecho de existir. Una sensación que seguramente lo llena, que une su nacimiento y su existencia pseudo eterna en una alegría redonda, pero también insoportablemente tediosa. No, no quiero ser un libro jamás; las personas (¿y las cosas?) nos interesan también por sus miserias.
El escritor también estaba tranquilo. Él sabía lo que esperaba y cómo lo iba a tener. Supongo que no le importaba mucho nada, porque al final de cuentas ya tenía lo que quería: un libro y un lector. Imagino que quería jugar un rato, ponerse a prueba, esquivar las momificaciones propias de ese tipo de evento. Probablemente pensaba en el chiste que iba a contar, imaginando que podía ser muy gracioso o estúpido, pero siempre tranquilo, porque esa gente ya estaba ahí por él. Todo lo demás era esperar, ignorar o respetar lo que dijera el otro...
El presentador no estaba tranquilo. Trato de ponerme en su piel: tanta presión, tanta incomodidad. Tenía que pensar la forma de ser centro sin robarle el trueno al escritor. Tenía que pensar la forma de ser interesante sin ser aburrido. Tenía que encontrar la forma de elogiar sin ser un arrastrado.
Empezó a dar los primeros pasos por la cuerda floja y lo vi bien. Parecía confiado, dueño de una complicidad inviolable con el autor del libro.
Primer paso: Miradas, chistes, risas.
Segundo paso: De un bolsillo, mochila, o carpeta, sacó un manojo de hojas que pudo ser tanto un ensayo como un examen de la facu.
Tercer al N+1 pasos cuya cuenta me resulta imposible: El presentador empezó y terminó de perderse en sus palabras; una seguidilla de frases que, frente a un público que iba a ser silencioso para siempre (salvo los ocasionales aplausos) y bajo las luces irreales de la sala, parecían ir perdiendo el sentido brillante que alguna vez pudieron tener. Le empezó a temblar la voz, no pensó que a lo mejor no era esto lo que esperaban los presentes, lo que el escritor quería escuchar, y mucho menos lo que él realmente quería decir.
Se apagaron las luces, seguramente, en su mundo. Se hundió en su propio estómago. La lectura seguía, era un ejercicio mecánico ya, mientras su mente viajaba.
En este momento paro. Admito que casi cedo ante la tentación de relatar esos viajes, esa introspección implacable; pero sospecho que iba a terminar siendo un plagio a Ratatouille, o un montón de fruslerías insoportables.
Último paso, llegando al otro lado: Terminó la temblorosa y extensa lectura. El público (o simplemente yo) pensó que seguramente el libro no se trata de nada de eso. Hubo palabras conocidas, demasiado conocidas: institución, crítico, cronista, problemática, etc.
Yo miré al libro (seguía tranquilo, como lo estará siempre), miré al escritor (se aburría, o pensaba en un perro, o en tomar cerveza que la noche estaba linda), volví a mirar al presentador (que agotado por ese tiempo infinito del que acababa de escapar, se recostó en el sillón, ausente y desilusionado) y saqué muchas conclusiones. De ellas, dejo dos acá, total nadie lo va a leer:
2. Una vez más, y viendo las opciones disponibles (?), quiero ser un escritor.
1. Al final de todo, cuando las luces de verdad se apagaron y nos fuimos de la sala, las palabras, la literatura, la música, el ambiente académico y todas esas paparruchadas se evaporaron en el aire; y lo único que quedó fueron las cosas reales: el libro, la noche hermosa y ese par de manos suaves y tangibles que me hacían recordar qué es lo verdaderamente importante en la vida.
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