Hubo una banda y un par de canciones agradables. Sonaba el punteo de dedos en un violín y "cagón, cagón, cagón...". Lo esperaba, es cierto; lo disfruté también.
Después hubo un video, y supe que en esta ciudad pasan y pasaron muchas cosas, y yo no las conozco. Cosas grandes, antiguas y nuevas, que se pierden en algún lugar entre mi ostracismo estúpido y esa especie de pared gigante de silencio e invisibilidad que hace que Córdoba sea estática, a pesar de los mejores esfuerzos.
Finalmente, hubo un presentador, un escritor y un presentado (el libro). Estaban los tres en el mismo lugar, es cierto, pero cada uno en una dimensión diferente.
El libro estaba en la mesa, tranquilo. Lo imagino regodeándose en el mero hecho de existir. Una sensación que seguramente lo llena, que une su nacimiento y su existencia pseudo eterna en una alegría redonda, pero también insoportablemente tediosa. No, no quiero ser un libro jamás; las personas (¿y las cosas?) nos interesan también por sus miserias.
El escritor también estaba tranquilo. Él sabía lo que esperaba y cómo lo iba a tener. Supongo que no le importaba mucho nada, porque al final de cuentas ya tenía lo que quería: un libro y un lector. Imagino que quería jugar un rato, ponerse a prueba, esquivar las momificaciones propias de ese tipo de evento. Probablemente pensaba en el chiste que iba a contar, imaginando que podía ser muy gracioso o estúpido, pero siempre tranquilo, porque esa gente ya estaba ahí por él. Todo lo demás era esperar, ignorar o respetar lo que dijera el otro...
El presentador no estaba tranquilo. Trato de ponerme en su piel: tanta presión, tanta incomodidad. Tenía que pensar la forma de ser centro sin robarle el trueno al escritor. Tenía que pensar la forma de ser interesante sin ser aburrido. Tenía que encontrar la forma de elogiar sin ser un arrastrado.
Empezó a dar los primeros pasos por la cuerda floja y lo vi bien. Parecía confiado, dueño de una complicidad inviolable con el autor del libro.
Primer paso: Miradas, chistes, risas.
Segundo paso: De un bolsillo, mochila, o carpeta, sacó un manojo de hojas que pudo ser tanto un ensayo como un examen de la facu.
Tercer al N+1 pasos cuya cuenta me resulta imposible: El presentador empezó y terminó de perderse en sus palabras; una seguidilla de frases que, frente a un público que iba a ser silencioso para siempre (salvo los ocasionales aplausos) y bajo las luces irreales de la sala, parecían ir perdiendo el sentido brillante que alguna vez pudieron tener. Le empezó a temblar la voz, no pensó que a lo mejor no era esto lo que esperaban los presentes, lo que el escritor quería escuchar, y mucho menos lo que él realmente quería decir.
Se apagaron las luces, seguramente, en su mundo. Se hundió en su propio estómago. La lectura seguía, era un ejercicio mecánico ya, mientras su mente viajaba.
En este momento paro. Admito que casi cedo ante la tentación de relatar esos viajes, esa introspección implacable; pero sospecho que iba a terminar siendo un plagio a Ratatouille, o un montón de fruslerías insoportables.
Último paso, llegando al otro lado: Terminó la temblorosa y extensa lectura. El público (o simplemente yo) pensó que seguramente el libro no se trata de nada de eso. Hubo palabras conocidas, demasiado conocidas: institución, crítico, cronista, problemática, etc.
Yo miré al libro (seguía tranquilo, como lo estará siempre), miré al escritor (se aburría, o pensaba en un perro, o en tomar cerveza que la noche estaba linda), volví a mirar al presentador (que agotado por ese tiempo infinito del que acababa de escapar, se recostó en el sillón, ausente y desilusionado) y saqué muchas conclusiones. De ellas, dejo dos acá, total nadie lo va a leer:
2. Una vez más, y viendo las opciones disponibles (?), quiero ser un escritor.
1. Al final de todo, cuando las luces de verdad se apagaron y nos fuimos de la sala, las palabras, la literatura, la música, el ambiente académico y todas esas paparruchadas se evaporaron en el aire; y lo único que quedó fueron las cosas reales: el libro, la noche hermosa y ese par de manos suaves y tangibles que me hacían recordar qué es lo verdaderamente importante en la vida.
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