domingo, 4 de diciembre de 2011

Mil primeridades

Juego a volar por los recuerdos desde las sábanas azules de mi cama; desde el refugio bien conocido de mi pieza. Es una experiencia sumamente sensorial: los ojos cerrados, el olfato atento a ese perfume que no es sólo mío, la tela suave y tibia que acaricia mi piel cuando respiro.
No es un ejercicio aleatorio sino una búsqueda. Me estiro y recorro una distancia que se mide en tiempo.
Una vez ahí, todo se detiene un segundo.
En un bar, entre dos tazas de café, soy un fantasma que acaricia todo con la mirada; pero en el instante en que intento fijar cada detalle, o la minuciosa cronología de respiraciones que lleva de un momento a otro, el tiempo se acelera y la materia se desfigura.

Mastico las calles de la ciudad, paso tras paso.
Me entierro en avalanchas de confites de colores.
Me baño en jugo de sandía.
Ilumino los rincones más dormidos y reprimidos del que fui.
Simulo regar un algarrobo perdido en un rincón de la ciudad.
Vibro ante la explosión de deseos contenidos.
Me hundo, reboto, sonrío, aprendo y otros tantos verbos que van encadenando mi regreso inevitable.

Llegado de nuevo a las sábanas azules y a la oscuridad de la habitación, resulta obvio que fallé en el objetivo inicial. No son éstas rememoraciones de hechos pasados, sino una epifanía, o mejor una revelación - más sensual que espiritual - de estas mil primeridades.

O quizá sean mil mensajes escritos desde un colchón, bajo la luz de velas blancas y negras.


No hay comentarios: