sábado, 29 de octubre de 2011

Esto no es sobre la vida y la felicidad

Una vez dije que la felicidad verdadera duraba lo mismo que una estrellita de esas de navidad. La gente lo tomó bien, les pareció interesante, una buena idea, o a lo mejor dijeron "ahí va con lo cursi otra vez". La idea extendida aclaraba que los momentos verdaderamente felices duran poco, pero son de máxima intensidad, y buscaba, supongo yo ahora, justificar por qué es más fácil sentirse miserable y triste la mayoría del tiempo.

Eran otras épocas, yo era un pendejo hundido completamente en las garras de la adolescencia y, como bien dijo mi profesora de historia en la secundaria, veía las cosas desde la unicausalidad. El blanco o el negro, elegir uno y darle para adelante. En ese momento la felicidad era también la inocencia, el no crecer.
Fue por eso que esa idea de las estrellitas (y conste que odio este diminutivo, pero desconozco otro nombre más técnico) me llevó a recorrer todo el pueblo durante un verano, para suplir al grupo entero y hacer que corriéramos y saltáramos en la oscuridad, en la calle de tierra, en la noche fría, durante esos segundos de fuegos artificiales portátiles, intentando que volvieran las virginidades emocionales que el crecer nos había quitado.

Gracioso me resultó siempre que nadie supiera el origen de esa idea que, en general, resultaba alegre y luminosa. Nadie supo, hasta ahora, que en realidad era una reconstrucción de la idea del hombre rebelde de Albert Camus. Nadie pudo sospechar que lo pensé después de leer sobre el hombre y su desilusión, sobre el enfrentamiento con la idea del suicidio y cómo la única forma de vivir, según el análisis, era soportar lo absurdo de estar vivos juntando esos momentos ínfimos de felicidad verdadera, como un coleccionista de recuerdos.

Hoy lo pienso y me causa gracia. No puedo dejar de recordar la segunda película de La historia sin fin, con los recuerdos encapsulados en burbujas de cristal, en constante riesgo de desaparición.
Me causa gracia creer poder comprender el prisma de colores entre el negro y el blanco, y el prisma de variables incalculables que involucran cada una de nuestras decisiones diarias.
Pero lo que más gracia me causa es sentarme acá a tipear pensamientos del pasado y del presente, y que de repente vuelva esa idea recurrente:

"Lo peor de poder viajar en el tiempo tiene que ser, claramente, tener que ver lo boludo que fui en cada momento de la vida"

Y ese, aunque no parezca, es un final feliz :P

1 comentario:

Juan Pablo Alvarez dijo...

jajaja... Eso puede ser lo peor y lo mejor...a lo mejor ese tipo tambien tenia en claro sus cosas. A lo mejkor te daria ternura :P