Imaginate en una tarde caliente. Estás
ansioso. A cuarenta cuadras te esperan un abrazo lleno de amor y una tarde de
siesta / lectura / tereré. Hace tanto calor y es tanta la ansiedad que, incluso
sabiendo que las vacas andan magras, te tomás un remis en la esquina. Te sentís
el dueño del mundo, porque en diez minutos estás ahí.
El señor del remis empieza con lo típico, lo obligatorio: el calor.
Y vos, que estás contento, que estás ilusionado por las horas que vienen te
prendés a la charla.
"¿Hay mucha gente en la calle hoy, no?"
El remisero suspira y empieza a contar su historia.
El hombre sufre.
"Hay que aprovechar esta hora, que es cuando los
controles no andan en la calle."
A sus amigos les quitaron el auto por actuar como taxis. Nada nuevo, así es
la cosa hace rato.
Pero este hombre sufre.
"Yo ya estoy cansado de esto, voy a largar a la
mierda. Ya tengo sesenta años, no puedo seguir sufriendo así."
Y yo pienso que a él le debe haber pasado algo similar. Que está enojado
porque lo multaron por querer llevar el poco pan que puede a su casa, a sus
nietos hambrientos. Que por eso no pudo trabajar y está endeudado hasta la
médula.
Saltamos, sin mucha explicación, al segundo tema obligatorio: los
políticos.
"La culpa es de todos estos hijos de puta que
gobiernan. Esa hija de puta y todos los demás, desde siempre. No se puede vivir
así."
Un clásico. Pero cuando se le está por escapar un "hay que matarlos a
todos" o similar, se ve que me mira, calcula mi edad y se da cuenta de
que, por lo menos, debe aclarar algo.
"No pienses que soy de esos que están a favor de los
militares. No, para nada. Es por esos hijos de puta que tenemos a los hijos de
puta de ahora."
Silencio, lo piensa bien y corrige.
"No, por culpa de los militares hijos de puta
tenemos a los hijos de puto de ahora. Porque los otros, al menos, eran hijos de
una mujer. Estos son hijos de putos."
Yo, que no hablo hace rato, estoy muy incómodo y me aguanto las ganas de
discutir. El que tiene las manos en el volante es él, y encima estoy lejos
todavía.
El hombre sufre, pero también está enojado.
"Yo ya no aguanto más. Realmente pienso dejar todo
esto. No aguanto más. Le juro que no aguanto más esta situación."
Y me cuenta que le han salido verrugas en la piel por los nervios, por el
stress, por el sufrimiento. El horror.
Me cuenta que tiene miedo de hacer algo terrible. Que tiene que dejar de
trabajar como remisero porque si sigue va a hacer algo de lo que se va a
"arrepentir para siempre".
"Le juro, yo entro ahí y... No quiero ni pensarlo.
Tengo miedo de hacer algo terrible."
Y yo, que soy curioso, le pregunto con ironía (que pasa desapercibida): "¿algo como qué?"
Un científico loco, probablemente nazi, o hijo de nazis,
o algo así decide reunir a todos los ladrones y a todos los
políticos en una sala gigante. Además de toda esa gente, que seguro está
desconcertada y preguntándose qué hace ahí, hay una bomba nuclear.
El científico construyó un control remoto con un botón -
que yo imagino rojo, siempre rojo, y con un dibujito de una mano haciendo fuck
you - para disparar la bomba. Necesita alguien muy triste, muy enojado, muy
indignado para que se haga cargo del tema. Alguien que complete el mecanismo de
destrucción.
"Yo aprieto el botón. Yo sé que suena mal, pero si
lo hiciera hoy, le juro que no sentiría remordimiento."
El hombre que sufre y está enojado ahora también sabe que puede estar
diciendo cosas horribles.
"Usted por ahí se asusta, pero yo soy una buena
persona. No sentiría remordimiento porque estaría salvando muchas vidas matando
a todos esos hijos de puta."
Esta vez si nota la ironía en mi silencio. Ahora debe pensar que habló de más, y encima yo soy un desconocido. El hombre siente vergüenza; tiene
que justificarse. Rebobina...
"No sabe lo mal que me siento. Yo voy a dejar de trabajar en eso
porque no aguanto más. No nos dejan trabajar, nos sacan el auto."
Y cada vez más pensativo, me cuenta (aunque me gusta decir que fue una confesión):
"Yo por suerte tengo a mis dos hijos recibidos y soy dueño de mi casa.
Nunca tuve que pedirles ayuda ni plata y ya voy a ver qué hago."
Quedan unas cuantas cuadras pero yo ya no escucho.
Quiero pensar en el abrazo que me espera, con dos brazos que pasan por
atrás de mi nuca rozando mi pelo; pero no. Sólo puedo pensar en la gente que no
tiene trabajo, que no tiene para comer ni para alimentar a sus hijos. Esa gente
que no tiene auto, no tiene ropa y come de la basura. Me dan ganas de decirle
eso, de humillarlo y hacerle entender que su sufrimiento es una boludez tan
grande como la bomba atómica de su imaginación, pero no tengo ganas.
Lamentablemente, es más lindo mirar por la ventana y esperar que se termine
el viaje lo antes posible.
1 comentario:
estuvo bueno; se ve que no somos gente asi, hace un tiempo que em di cuenta de eso
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