domingo, 18 de diciembre de 2011

Confesiones de un hombre que cree sufrir


Imaginate en una tarde caliente. Estás ansioso. A cuarenta cuadras te esperan un abrazo lleno de amor y una tarde de siesta / lectura / tereré. Hace tanto calor y es tanta la  ansiedad que, incluso sabiendo que las vacas andan magras, te tomás un remis en la esquina. Te sentís el dueño del mundo, porque en diez minutos estás ahí.

El señor del remis empieza con lo típico, lo obligatorio: el calor.
Y vos, que estás contento, que estás ilusionado por las horas que vienen te prendés a la charla.
"¿Hay mucha gente en la calle hoy, no?"
El remisero suspira y empieza a contar su historia.

El hombre sufre.

"Hay que aprovechar esta hora, que es cuando los controles no andan en la calle."
A sus amigos les quitaron el auto por actuar como taxis. Nada nuevo, así es la cosa hace rato.

Pero este hombre sufre.

"Yo ya estoy cansado de esto, voy a largar a la mierda. Ya tengo sesenta años, no puedo seguir sufriendo así."
Y yo pienso que a él le debe haber pasado algo similar. Que está enojado porque lo multaron por querer llevar el poco pan que puede a su casa, a sus nietos hambrientos. Que por eso no pudo trabajar y está endeudado hasta la médula.

Saltamos, sin mucha explicación, al segundo tema obligatorio: los políticos.
"La culpa es de todos estos hijos de puta que gobiernan. Esa hija de puta y todos los demás, desde siempre. No se puede vivir así."
Un clásico. Pero cuando se le está por escapar un "hay que matarlos a todos" o similar, se ve que me mira, calcula mi edad y se da cuenta de que, por lo menos, debe aclarar algo.
"No pienses que soy de esos que están a favor de los militares. No, para nada. Es por esos hijos de puta que tenemos a los hijos de puta de ahora." 
Silencio, lo piensa bien y corrige.
"No, por culpa de los militares hijos de puta tenemos a los hijos de puto de ahora. Porque los otros, al menos, eran hijos de una mujer. Estos son hijos de putos."

Yo, que no hablo hace rato, estoy muy incómodo y me aguanto las ganas de discutir. El que tiene las manos en el volante es él, y encima estoy lejos todavía.

El hombre sufre, pero también está enojado.

"Yo ya no aguanto más. Realmente pienso dejar todo esto. No aguanto más. Le juro que no aguanto más esta situación."
Y me cuenta que le han salido verrugas en la piel por los nervios, por el stress, por el sufrimiento. El horror.
Me cuenta que tiene miedo de hacer algo terrible. Que tiene que dejar de trabajar como remisero porque si sigue va a hacer algo de lo que se va a "arrepentir para siempre".
"Le juro, yo entro ahí y... No quiero ni pensarlo. Tengo miedo de hacer algo terrible."
Y yo, que soy curioso, le pregunto con ironía (que pasa desapercibida): "¿algo como qué?"

Un científico loco, probablemente nazi, o hijo de nazis, o algo así decide reunir a todos los ladrones y a todos los políticos en una sala gigante. Además de toda esa gente, que seguro está desconcertada y preguntándose qué hace ahí, hay una bomba nuclear.
El científico construyó un control remoto con un botón - que yo imagino rojo, siempre rojo, y con un dibujito de una mano haciendo fuck you - para disparar la bomba. Necesita alguien muy triste, muy enojado, muy indignado para que se haga cargo del tema. Alguien que complete el mecanismo de destrucción.

"Yo aprieto el botón. Yo sé que suena mal, pero si lo hiciera hoy, le juro que no sentiría remordimiento."
El hombre que sufre y está enojado ahora también sabe que puede estar diciendo cosas horribles.
"Usted por ahí se asusta, pero yo soy una buena persona. No sentiría remordimiento porque estaría salvando muchas vidas matando a todos esos hijos de puta."

Esta vez si nota la ironía en mi silencio. Ahora debe pensar que habló de más, y encima yo soy un desconocido. El hombre siente vergüenza; tiene que justificarse. Rebobina...

"No sabe lo mal que me siento. Yo voy a dejar de trabajar en eso porque no aguanto más. No nos dejan trabajar, nos sacan el auto." 
Y cada vez más pensativo, me cuenta (aunque me gusta decir que fue una confesión): 
"Yo por suerte tengo a mis dos hijos recibidos y soy dueño de mi casa. Nunca tuve que pedirles ayuda ni plata y ya voy a ver qué hago."

Quedan unas cuantas cuadras pero yo ya no escucho.
Quiero pensar en el abrazo que me espera, con dos brazos que pasan por atrás de mi nuca rozando mi pelo; pero no. Sólo puedo pensar en la gente que no tiene trabajo, que no tiene para comer ni para alimentar a sus hijos. Esa gente que no tiene auto, no tiene ropa y come de la basura. Me dan ganas de decirle eso, de humillarlo y hacerle entender que su sufrimiento es una boludez tan grande como la bomba atómica de su imaginación, pero no tengo ganas. 
Lamentablemente, es más lindo mirar por la ventana y esperar que se termine el viaje lo antes posible.



domingo, 4 de diciembre de 2011

Mil primeridades

Juego a volar por los recuerdos desde las sábanas azules de mi cama; desde el refugio bien conocido de mi pieza. Es una experiencia sumamente sensorial: los ojos cerrados, el olfato atento a ese perfume que no es sólo mío, la tela suave y tibia que acaricia mi piel cuando respiro.
No es un ejercicio aleatorio sino una búsqueda. Me estiro y recorro una distancia que se mide en tiempo.
Una vez ahí, todo se detiene un segundo.
En un bar, entre dos tazas de café, soy un fantasma que acaricia todo con la mirada; pero en el instante en que intento fijar cada detalle, o la minuciosa cronología de respiraciones que lleva de un momento a otro, el tiempo se acelera y la materia se desfigura.

Mastico las calles de la ciudad, paso tras paso.
Me entierro en avalanchas de confites de colores.
Me baño en jugo de sandía.
Ilumino los rincones más dormidos y reprimidos del que fui.
Simulo regar un algarrobo perdido en un rincón de la ciudad.
Vibro ante la explosión de deseos contenidos.
Me hundo, reboto, sonrío, aprendo y otros tantos verbos que van encadenando mi regreso inevitable.

Llegado de nuevo a las sábanas azules y a la oscuridad de la habitación, resulta obvio que fallé en el objetivo inicial. No son éstas rememoraciones de hechos pasados, sino una epifanía, o mejor una revelación - más sensual que espiritual - de estas mil primeridades.

O quizá sean mil mensajes escritos desde un colchón, bajo la luz de velas blancas y negras.